Un último Focus Time
Un esfuerzo por mantener la coherencia y no sumar al ruido
¿Por qué se acaba este boletín?
Esta será la última entrada de este boletín llamado “Focus Time”. Hay muchas razones para parar de escribir, sin embargo, la principal es que ya dije las cosas que hasta ahora tenía para decir sobre el trabajo. Sería pretencioso escribir más teniendo en cuenta que mi trayectoria en el mundo corporativo ha sido relativamente corta. Necesito tiempo para volver a tener algo que decir y siendo sincero con ustedes lectores, no creo que quiera seguir escribiendo sobre el mundo del trabajo por un tiempo. Al final del artículo les daré algunas razones para mantener su suscripción a Focus Time de cualquier forma.
También paro indefinidamente Focus Time porque quiero mantenerme coherente y no incumplir lo que creo que es la promesa de valor de este boletín: Compartir con ustedes contenido que tenga «valor» para su vida laboral.
Por último, la razón tal vez menos importante pero que igual me martilla la cabeza: me niego a ser un replicador de ruido. Me encontré haciendo algo que me entristeció cuando pensaba en el tema del siguiente boletín: Opinar sobre la última noticia del momento para mejorar mi engagement, conseguir nuevos suscriptores y tener más relevancia. Pero capturar la atención de una audiencia que es bombardeada por contenido infinito de una visión del futuro del trabajo que no los incluye es cada vez más difícil por la manipulación discursiva de los influencers de profesión que han tomado fuerza en este medio y LinkedIn.
Me niego a replicar esa estrategia de crear contenido que explota el miedo de las personas para vender un curso, una herramienta o persuadirlos de seguir al gurú que les garantizará un puesto en el 1% de los trabajadores que sobrevivirán los despidos masivos generados por la IA. No soy yo, pero igual estaba cayendo en un juego que no quiero jugar y que nunca fue el objetivo que tenía cuando comencé a escribir.
Yo, como se habrán dado cuenta si han seguido este boletín, no creo en ese futuro distópico y veo con tristeza como discusiones que hace unos años que se enfocaban en el «valor», cómo se encontraba, cómo se medía, cómo podríamos pensarlo mejor, se están transformando en discusiones sobre productividad, eficiencia y eficacia usando algunas herramientas. Para mi es un síntoma de la recesión intelectual que se viene en el mundo de la administración y las organizaciones.
Es como volver a los 90s y repetir el ciclo de la fiebre de los métodos de producción japonesa que sedujo a las escuelas de negocio norteamericanas y después a todas las escuelas de negocio. Estas promesas de incrementar la productividad (disfrazadas de un cambio de paradigma) es una crítica que pensadores mucho más calificados que yo ya han hecho; por ejemplo Alejandro Salazar (aunque últimamente ha hecho lo posible por mantener relevancia vendiendo productos con AI) y muchos años antes Porter.
Reflexiones finales de este ejercicio
Algunas ideas que me gustaría dejarles y dónde las pueden profundizar.
1 . Necesitamos repensar nuestras conversaciones sobre el «valor» de las empresas
Las escuelas de negocio enseñan en el primer semestre que el rol de una empresa es la maximización del valor para los accionistas. Sin embargo, esta visión friedmaniana de la administración es relativamente nueva y perversa. No quiero entrar en debates históricos o filosóficos en esta entrada, por lo que no discutiré pensadores, pero creo que necesitamos ver con pragmatismo que el rol de la empresa tiene una responsabilidad grande con las personas que atiende y su entorno.
Sí importa en dónde está el foco de la conversación, si nos enfocamos únicamente en medir y optimizar el valor que capturamos, en el corto plazo perderemos la confianza de nuestros clientes por nuestro esfuerzo en maximizar ganancias y no en servir bien sus necesidades. En el largo plazo, en cambio, siempre sacrificaremos el bienestar de la sociedad en favor de las ganancias, lo que, además de ser injusto con las personas involucradas, convierte a las empresas en el villano perfecto en el discurso político de turno.
Les recomiendo estas entradas de Focus Time si quieren profundizar en esta idea:
2. El valor está lejos del teatro de la ejecución y cerca del proceso de buscar verdades
El teatro de la ejecución me ha servido de antagonista en los textos que he escrito. Es básicamente el teatro corporativo en el que muchos de nosotros actuamos cómo si entregáramos valor. Este teatro no es culpa de los actores sino de la falta de foco y la incapacidad de entender la importancia de la búsqueda de las dos palancas más importantes para una empresa: la creación y captura de valor.
Sobre capturar valor hay miles de blogs y publicaciones, por ejemplo todo lo que escribe Sean Ellis me parece muy bueno y el blog de GoPractice es un imperdible. Además de algunos libros sobre «pensamiento de diseño», hay cierto escepticismo sobre cómo encontramos lo que es valioso para las personas a las que queremos atender con nuestros productos y servicios.
Hay muchas perspectivas sobre este tema que me gustan pero hasta ahora mi posición es que es imposible añadir valor a alguien sin entenderlo profundamente. El proceso del «insight» no es solo un proceso de recopilación de datos de manera infinita, en mi opinión es tener la capacidad de adentrarse profundamente en el mundo de las personas para empatizar con ellas, pensar en su modelo del mundo y finalmente salir de él transformado. Puede que les suene poco práctico, pero creo que todo buen gerente debe ser en buena parte un antropólogo o será imposible llegar a las predisposiciones culturales (como dice Robert Chia) que hacen que emerja la estrategia.
Algunas lecturas recomendadas:
El libro de Estrategia sin Diseño de Robert Chia y Robin Holt. Recientemente la editorial del CESA tradujo este libro al español acá lo pueden encontrar.
3. Las personas tienen un rol fundamental en la formula de valor. Sin personas no hay valor, sin valor no hay empresa.
El problema del «valor» es un problema más que todo humano. Para conocer y adentrarse en el mundo de un usuario se necesita ser capaz de habitar su mundo mental y esto es algo que una máquina difícilmente puede hacer. La búsqueda obsesiva por certezas para poder tomar decisiones hace que los estrategas o administradores crean que la evidencia más importante en el proceso de formar un decisión está únicamente en la evidencia numérica y comprobable, por eso se obsesionan por acelerar y perfeccionar sus dashboards y entrenar sus agentes para que las decisiones emerjan con facilidad.
Se equivocan, las decisiones emergen de la intuición, y sí se validan numéricamente. Medir es importante, pero entender de dónde emerge esa intuición de la decisión lo es también. Esa emergencia no es acelerable, nace de las vivencias del tomador de decisiones, su empatía con el espacio del problema que resuelva y la forma en que es capaz de romper lo algoritmos e inercia organizacional en la que opera. Esto es y siempre será algo humano, mientras el «valor» es pensado para ellos y no para una máquina.
Dónde profundizar sobre estos temas:
Algoritmos deshumanizantes de Santiago Jiménez.
El compromiso
Los invito a mantener su suscripción al boletín por estos compromisos que me hago con ustedes:
Voy a compilar las publicaciones de Focus Time en un Ebook gratuito que compartiré con las personas que sigan suscritas al boletín.
Voy a escribir algo de ficción, es mi siguiente reto, si en algún momento comparto un adelanto de lo que escribo lo haré por este medio. No prometo mucho en este frente pero al menos será un experimento interesante.
Si tengo una siguiente idea que creo que valga la pena compartir la compartiré por Focus Time, solo no les prometo que eso sea pronto.
OOO || Recomendaciones y otros
Un país: Georgia
Recientemente tuve la fortuna de visitar Georgia. Si no han oído hablar del país, no los culpo: apenas en 1991 se independizó con la caída de la Unión Soviética, siendo una de las primeras repúblicas en hacerlo. Un país con una historia trágica y fascinante. Ocupado por la mayor parte de su historia, pero con una capacidad de resistencia basada en su identidad lingüística y cultural.
Entre las montañas del cáucaso se esconde este país que se ganó un lugar especial en mi memoria por su naturaleza, comida, gente amable y su gran variedad de vinos.
Su comida es increible: desde el khachapuri, un pan mantequilloso relleno de queso; el khinkali, dumplings de caldo que muchos atribuyen a la influencia de las invasiones mongolas del siglo XIII; y el chakapuli, mi plato favorito, un guiso de carne en vino blanco y hierbas que devuelve el alma al cuerpo.
Su alfabeto es antiguo; no comparte raíz con ningún otro. Sus letras son casi ornamentales, tienen una belleza decorativa y cada palabra parece una obra. Su lengua es tan importante para ellos que, aun siendo parte de la Unión Soviética, lograron mantenerla como el único idioma oficial del país. En 1978, cuando Moscú intentó quitarle ese estatus, miles de georgianos salieron a las calles a protestar y lo impidieron, en una victoria sin precedentes dentro del mundo soviético.
Hoy en día, el 20% de su territorio está ocupado por Rusia. Y mientras la mayoría de los georgianos sueña con integrarse a Europa, su gobierno ha cedido cada vez más ante el Kremlin, suprimiendo las protestas masivas de su propio pueblo.
Georgia resiste. Si tienen la oportunidad, no duden en visitarla










